no tenga siquiera un par de maravillas entre la raíz del cabello y la punta de la barba; pero así la encontramos y así sale, tal como Dios la crió, y tal como la conocieron los españoles del año 21.
El gran misterio de don Urbano Gil de la Cuadra, lo que traía en gran inquietud a los vecinos, y principalmente a don Patricio, era la ignorancia en que todos estaban acerca de sus ideas políticas. ¿Era liberal? ¿Era servil? Enigma terrible que daba vueltas como una rueda pirotécnica dentro del febril cerebro de Sarmiento, sin ser descifrado jamás. A veces, fundándose en conjeturas, en palabras sueltas, en la letra sui generis del sobre de una carta recibida por Gil, Sarmiento le declaraba absolutista. Otras veces, fundándose en iguales datos, diputábale revolucionario. Causaba desesperación al buen preceptor que Monsalud supiese la verdad, y no la revelase a los vecinos.
—O este hombre es un emisario de la Santa Alianza —solía decir Sarmiento— o un apoderado de los republicanos franceses. A estos viejos ojos que tanto han visto, no se les escapa nada.