CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/El Grande OrientePublic
Página 271 de 275
Table of Contents

XXVIII

—¿Qué dice usted?... ¡Amigo..., por favor!

—Miserable, apártate de mí —gritó Cuadra dirigiendo a su libertador una mirada de profundo desprecio—. Me manchas, me ofendes, me repugnas.

—¡Qué locura! Vamos pronto —dijo Salvador tomándole por un brazo—. Piense usted en su hija, que espera.

—¡Mi hija, mi pobre Sola! —exclamó el anciano cubriendo con ambas manos su rostro.

Este recuerdo y las ideas que evocó, produjeron conmoción profunda en su ánimo. De súbito el instinto de libertad surgió poderoso en su alma. Corriendo hacia la puerta, salió. Monsalud fue tras él.

—Déjame, no me toques... ¡Te desprecio, te aborrezco, me causas horror!

Salvador se detuvo. Su conciencia había dado un grito espantoso.

—No me has salvado, no me has salvado, no; es mentira —añadió Gil de la Cuadra—. Tuya no puede ser esta buena acción. Déjame, déjame. No quiero verte más.

Hallábanse en el patio de la cárcel. Era el momento en que los soldados enviados por el gobierno ocupaban el edificio, arrojando de allí a los milicianos.

Gil de la Cuadra, huyendo de Monsalud que corría tras él, cayó al suelo. Acercose un soldado, y golpeando con el pie a Gil de la Cuadra, dijo:

—Un miliciano borracho. A la calle pronto.

271