—Así como no tienen lengua para pedir —dijo don Bartolomé con malicia—, tampoco tienen paladar, y puesto que no comen más que polvo, no puede haber cocina más económica, y limpiarlas sería ponerlas a dieta. Bien dijo el otro, que en polvo nos hemos de convertir.
—No lo dije por usted, que se está convirtiendo en momia de Egipto forrada en oro y plata, por obra y gracia de los misterios de Isis, de Eleusis o de Patillas.
—Esa es la opinión de esos bobos de comuneros —dijo Canencia algo amostazado—. ¿Por ventura este granuja se nos ha hecho comunero?
—Tal vez —replicó Salvador—. Allá parece que están por la formalidad. ¿Hay también cepillo y colectas?
—Más que aquí. Pregúntaselo al señor Regato, que ha contribuido a fundar aquella Sociedad, después de haber comido a dos carrillos en nuestro plato, y hecho salvas con nuestra pólvora.
Los masones llamaban al vino pólvora roja, al vaso, cañón, y a los brindis, salvas. No es fácil comprender la misteriosa relación simbólica entre la embriaguez y la artillería.
—Pero te advierto —continuó Canencia—, por si es tu intención pasarte a los comuneros, que aquí no tienes más que boquear para obtener lo que mejor te cuadre. Campos te quiere mucho... anoche mismo habló mucho de ti, y aun se me figura que te va a sorprender con un buen regalito. Has hecho bien en venir esta noche.
—Lo celebro, porque vengo a pedir.
—¿A pedir?... Gracias a Dios, hombre. Eres de los nuestros. Veo que entras en el buen camino —dijo Canencia mirando su reloj—. El acta está lista. Ya es hora de empezar la tenida. ¿Y qué pides?