—¿Cabe mayor abnegación tratándose de un desconocido?
—No, no cabe más. Cien vidas de agradecimiento no bastarían para pagar eso que usted llama deuda, y como tal con todo mi corazón la reconozco.
—¿De modo que usted, amigo mío, se halla dispuesto a hacer por mí, si me veo en un conflicto supremo, lo que mi esposa y yo hicimos por usted cuando peligraba su vida?
—Dispuesto con toda mi alma —afirmó el joven lleno de piedad y efusión—. Ordene usted lo que debo hacer. Cuanto tengo, cuanto valgo, mi vida y mi nombre están a disposición de usted. No es un sacrificio, es un deber; y si no recuerdo mal, no ha sido preciso que llegaran ocasiones supremas para hacer este ofrecimiento, porque desde nuestra primera entrevista en Madrid me declaré deudor eterno de usted.
—Es verdad: gracias, gracias —dijo el enfermo, estrechando con sus flacas y amarillas manos las de Monsalud—. Mucha atención a lo que voy a referir. Creo haber indicado a usted, cuando estábamos en Francia, que mis ideas han sido siempre favorables a los derechos absolutos de la corona y a la monarquía pura, tal como durante siglos la disfrutaron las más gloriosas naciones de la tierra. La ambición de mi segunda esposa, y debilidades mías, que deploro amargamente, me indujeron a reconocer y servir al intruso Bonaparte. No necesito recordar la ignominiosa caída del partido afrancesado. Yo, que no pertenecí a él de corazón, sino por las sugestiones de mi mujer, tengo más derecho que los demás a quejarme de mi detestable suerte. Volví del destierro sin que mis ideas sufriesen mudanza alguna, y es singularísimo, y a la par muy triste, que los absolutistas del 14, con quienes mi corazón simpatizaba, me cerraran las puertas de la patria, y que me las abriesen los liberales, a quienes tengo la desgracia de aborrecer. Esta contradicción real y molesta entre mi modo de pensar y mi gratitud, obligome el año pasado a huir prudentemente de las cosas políticas.