—No te esfuerces en convencerme de que no fuiste tú —dijo Salvador—. Desde luego comprendí que tu tío me engañaba.
—Seguramente te engañaba. Bien sabes que nunca me atrevo a hablarle de ti; y cuando lo hago, es de la manera más indiferente.
—Extraño que Campos, hombre muy listo, urdiera tan mal su farsa —dijo Salvador—. ¿En qué se funda ese oficioso empeño de favorecerme? No creas, quiere mandarme a América nada menos. Seguramente le estorbo.
—No lo comprendo así. Si quiere favorecerte, es porque te estima —repuso Andrea, volviéndose hacia el espejo.
—¿Tú también? —dijo Monsalud con impaciencia y desasosiego.
—¿Qué es eso de yo también? —indicó la indiana jovialmente.
—Quizás tú puedas explicarme lo que la astucia de Campos no ha dejado entrever.
—Querido, yo no puedo explicarte nada, ¿estamos?... Hoy has pisado mala yerba. Ya veo que no me libraré hoy de un poquillo de mareo. ¿Y por qué? Por la cosa más natural del mundo: porque mi tío ha querido darte una prueba de lo mucho que te aprecia.
—Sería, no muy natural, sino algo natural, esa prueba de estimación, si tu tío, después de ofrecerme el destino, no me hubiera dicho una cosa grave.
—¿Qué cosa?
Salvador la miró con fijeza.
—Me dijo que pensaba casarte.