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nydus/El Grande OrientePublic
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VIII

—Hermano Aristogitón, yo pienso como usted en lo de dejar en paz a las moscas y hacer puntería a los pajarracos; pero esto no se puede decir aquí. Conviene seguir la corriente y no chocar con la mayoría. A donde nos lleven iremos.

Y otro le dijo, también en secreto:

—Lo mismo que usted hubiera dicho yo, aunque en tono menos agresivo. No conviene ensoberbecer al pueblo, ni adular sus instintos sanguinarios; pero, amigo, la consigna de estos días es sacrificar algún absolutista a la implacable furia populachera, y como no ha caído en nuestras redes, ni caerá, ningún tiburón, fuerza es echar en la sartén los pececillos de redoma. Vinuesa morirá.

Y un tercero le dijo, también en secreto:

—Le hubiera aplaudido a usted con toda mi alma; pero, amigo, estas cosas se sienten y no se dicen. Ni vale la pena de que pierda uno su destino y el pan de sus lobatones (hijos) por una apreciación política. Yo creo que esto se lo lleva la trampa. Estamos dentro de un torbellino que nos arrastra, nos hace dar mil vueltas, nos marea, que no para nunca, y nos llevará a donde quiera el gran Demiurgos. Creo que hace usted mal en manifestar tan crudamente sus ideas. La masa popular tiene ya a Vinuesa entre los dientes, y no seré yo el guapo que pretenda quitárselo. Ese clérigo es bastante criminal, es un disoluto, un perdido. ¿Por qué le defiende usted?

Y un cuarto le dijo, en secreto también:

—Siento mucho que le tengamos que radiar a usted y apuntarlo en el Libro rojo; pero no hay más remedio. No se puede tratar al Orden como

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