Sus ojos y su gesto decían: «Váyase usted.»
—¡Pero si tú me oyeras...! —murmuró Andrea, pasando súbitamente de la ira a una aflicción profunda.
—No, no puedo oír a quien no conozco —repuso el hombre volviendo el rostro.
—¿No me conoce usted? —gritó Andrea con voz semejante a un rugido.
Diríase que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer crecía. Sus brazos tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus labios descoloridos, que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.