—Ese, sí, y el de poder dar forma al agradecimiento expresándolo en hechos.
—¡Oh, sí! También eso es un goce inaudito.
—Y tranquilizar la conciencia...
—Es verdad.
—Porque el recuerdo de las grandes faltas —añadió Monsalud— no se atenúa sino con la práctica constante de buenas acciones.
—También, también.
—Todo me anuncia que esta vez mi afán no tendrá, como otras veces, un éxito desdichado. El corazón mío, que es la desconfianza misma, me está diciendo ahora: «Triunfamos, triunfamos de seguro.» Será usted libre, amigo mío, y lo será pronto. Solo le recomiendo a usted un poco de paciencia. Consuélese usted con saber que me tiene muy cerca, y que estoy discurriendo los medios de rematar nuestra obra.
Gil de la Cuadra, arrojándose en brazos de su protector, lloró como un niño.