—Mejor que mejor.
—Bueno; pues elige tú el candidato.
Salvador meditó breves instantes.
—Lo mejor será un hombre de bien, pues no se trata de salvar a ladrones y asesinos; se trata de hacer una buena obra, librando a un pobre anciano inocente, inocente, sí... porque Gil de la Cuadra, aun conspirando con todas sus fuerzas, no es capaz de hacer daño a un semejante ni a la sociedad.
—Pues mi opinión es que elijamos un tonto. Es fácil de encontrar.
—Ya tengo mi hombre —dijo vivamente y con alegría Monsalud.
—¿Has hallado el tonto?
—Un maestro de escuela.
—Viene a ser lo mismo. Apuesto a que has pensado en Sarmiento.
—No: lo echaríamos todo a perder —dijo Salvador arrepintiéndose—. Sarmiento es sencillo, pero su fanatismo rabioso le transfigura, haciéndole cruel. Me parece que debemos elegir un discreto.
—Bien puedes coger la linterna de Diógenes. Échate a buscar el discreto.
—Ya lo hallé —exclamó Monsalud, dándose una palmada en la frente.
—¿Quién?
—Yo mismo.
—Hombre... la idea no es mala —repuso Campos sonriendo—. Pero la verdad... ese destino no es propio para ti. Vales tú mucho más.