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nydus/El Grande OrientePublic
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XXII

—Gil de la Cuadra —dijo Regato haciendo memoria—. ¡Ah!, ya: le protege Salvador Monsalud, después de haberle enamorado a su mujer, como me consta. Váyase lo uno por lo otro.

El traidor Monsalud se dirá de aquí en adelante —indicó Pelumbres—. Ese canalla, después de entrar en nuestra Sociedad, ha admitido un destino del gobierno.

—En la cárcel de la Corona precisamente —indicó Mejía—. No lo hubiera creído. Puesto de confianza, señores. Aquí hay gato encerrado.

—Tengo a Monsalud por una persona decente —dijo don Patricio—. Es amigo mío y no le creo capaz de servir a los masones. Le he oído hablar pestes de esos señores.

—Sea lo que fuere —dijo Sánchez—, ello es que antes de meter semejantes tipos en nuestra Sociedad, debiéramos pensarlo mucho.

—Es justa la censura, aunque confieso que yo le presenté —dijo Regato—; pero no hay motivo para desconfiar de tal joven. Tengo motivos para creer que puedo dominarle en un momento dado. Ese hombre será mío cuando yo quiera. En vez de importarnos que esté empleado en la cárcel, debemos felicitarnos de ello. Sacaremos partido de esta circunstancia.

—¡Rebotijos!... ¡Si está en mi lugar y en el puesto de que me echaron hace dos meses esos mamones!... ¿Pues no ha de importarme? Es un caballerito a quien tengo atravesado aquí.

—Dejemos esta cuestión mezquina, señores, y volvamos a lo principal —dijo Regato—. ¿Hay aquí gente de valor?

—Basta y sobra; pero si se quiere cosa mayor, con dar la voz en ciertos barrios, se tendrá toda la gente que se quiera.

—Señor don Bruno, ¿se puede ir a donde se quiera?

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