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nydus/El Grande OrientePublic
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XIII

Como el lector recordará, Campos no había dicho tal cosa; pero el inquieto joven practicaba el aforismo vulgar que ordena decir mentira para sacar verdad.

—¡Ah! —exclamó Andrea riendo—. Eso es lo que traes hoy. Te conozco, tunante. Vienes mascullando esa idea.

Diciendo esto tomó un abanico, y con expresión de graciosísima burla, sonriente la boca, húmedos los ojos, acercose al joven y empezó a darle aire rápidamente.

—¿Estás sofocado?... Aire, aire, no sea que te dé un síncope. Refréscate, hombre... que se te quite eso de la cabeza.

Monsalud le arrebató violentamente el abanico, lanzándolo al aire. El abanico atravesó el recinto de un extremo a otro, abriéndose como un pájaro que extiende las alas.

—¡Qué modo de tratar mis joyas!... Pues me gusta —dijo Andrea corriendo tras el abanico.

Arrodillose para cogerlo del suelo, cerrolo, y empuñándolo a manera de puñal, amenazó a su amante diciéndole:

—Te voy a matar.

Monsalud contemplaba, primero sin enojo, después con gozo, la hermosa figura juguetona y ligera que tenía delante. De súbito Andrea corrió hacia él con los brazos abiertos, y abrazándole el cuello, le apretó fuertemente diciendo:

—Ya me casé, ya me casé, ya me casé.

Repitió esto unas cuarenta veces.

Salvador la obligó a sentarse a su lado.

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