mismas ideas, la propia indecisión, idéntica dependencia de manejos secretos; representaba también la debilidad frente a los alborotadores, las pedradas al coche del rey, la tolerancia de las grandes conspiraciones y la persecución sañuda de las pequeñas. De entonces data, si no estamos equivocados, la célebre frase de los mismos perros con distintos collares. Más adelante, cuando Feliú pasó de Ultramar a Gobernación, el gabinete se enderezó como una planta cuya savia se regenera, y supo desplegar contra los alborotadores y los clubs una energía que hasta entonces no se había visto en el gobierno después de la revolución.
Tal era la situación política a principios de marzo.
En el gobierno, debilidad; en el congreso, confusión; en Palacio, solapadas intrigas, cuyas resultas se verán más adelante.
El pueblo desbordado y sin reconocer ley ni freno alguno, expresaba su voluntad ruidosa y groseramente en los clubs. A fuerza de oír hablar de su soberanía, empezaba a creer que consistía esta en el uso constante de la iniciativa revolucionaria y en el ejercicio atropellado de la sanción popular en asonadas, violencias y atrocidades sin cuento.
- Romero Alpuente, un vejete furibundo a quien después conoceremos, había dicho que la guerra civil era un don del cielo.
- Istúriz, joven y exaltado, había dicho que la palabra rey era anticonstitucional.
- Moreno Guerra, que el pueblo tiene derecho a hacerse justicia y vengarse a sí propio.
- Golfín, que la anarquía purgaba la tierra de tiranos.
- Otro llamaba al trono cadalso de la libertad.
Entre tanto las sociedades secretas estaban desconcertadas; porque si bien el nuevo ministerio saliera de ellas como el anterior, no había gran seguridad de que se dejase gobernar por los Valerosos príncipes.