—Cuando me quisiste pegar —repitió Campos con burla—. Después me estuve riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te hubiera echado por el balcón; estaba en mi derecho.
—No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente le hubiera roto a usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido engañado. Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y menudencias.
—Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la concesión de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la misma, no varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en paz a mi sobrina...
—Y usted me pone en la calle a un pobre preso, que será ahorcado si las cosas siguen por el camino que llevan.
—Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas interpretaciones. Do ut des.
Campos, como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una negociación de importancia, respiró con fuerza, embaulando después media taza. Robespierre1 subió a sus rodillas. Uno y otro se acariciaron.
—No debieras extrañar —añadió— que yo quisiera favorecerte con un buen destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con delicadeza. De este modo se llega al objeto sin ofender a nadie, sin ruido y sin dimes ni diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después del primer avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar y obedecer, dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un candor honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad, a mí me repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.