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nydus/El Grande OrientePublic
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III

Al anochecer de aquel día en que nuestra relación comienza, entró, como de costumbre, en su casa el padre de Solita. Esta, que se hallaba acompañando a doña Fermina, subió a su habitación cuando sintió los pasos de Gil. Al poco rato subieron también Sarmiento y Monsalud, acompañados de Lucas, que a la sazón volvía de la plaza de Palacio, y los tres entraron en el principal, porque el maestro de escuela gustaba de platicar con doña Fermina sobre la cosa pública en que él era, como el lector sabe, tan experto.

Reunidos los cuatro, Lucas contó los sucesos de aquella tarde, que consistían en dos piedras arrojadas al coche de Su Majestad, en diversos gritos patrióticos, en un miliciano herido por un guardia, y algunas contusiones y corridas de escasa importancia.

—A pesar de eso —dijo Sarmiento gravemente—, no aprenderá. Seguirá oponiéndose a la plantificación lógica del sistema constitucional; fomentará la superstición y el fanatismo. Si yo fuera llamado a regir los destinos de la nación; supongan ustedes que lo fuera..., ¿eh?, pues bien: mi primer decreto sería para suprimir el cuerpo de Guardias. Mientras la camarilla tenga la probabilidad de ese apoyo, la libertad no echará profundas raíces en el hispano suelo.

—Esta tarde se ha dicho —indicó Lucas— que el gobierno va a disolver la Guardia.

—¿Lo ven ustedes? Mi idea... es idea mía.

—Y a cerrar las sociedades patrióticas.

—Esa no es idea mía. La rechazo. Por el contrario, señor don Salvador, doña Fermina, yo abriría en cada calle dos por lo menos, dos cafés patrióticos, y los subvencionaría con fondos del estado, para que se propagase la idea constitucional. ¿Qué le parece al señor don Salvador mi idea?

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