—Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerle creer que estás enamorado de otra?
—También.
—Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una salva. Echemos pólvora fulminante en el cañón y disparemos.
Los masones llamaban pólvora fulminante al ron. El cañón y la salva ya sabemos lo que eran.
—¡Fuego! —dijo Monsalud llevando la copa a sus labios.
—¡Fuego! —repitió Campos.
Los del Arte-Real, en sus tenidas de banquetes, pronunciaban esta voz de mando para indicar los brindis.
—¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas —dijo Salvador—, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle a usted? ¿No ha dado su consentimiento?
¡Ah, ah!..., fíate de consentimientos. Dicen que la palabra veleidad es femenina en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son veleidosas. Es verdad que Andrea,