CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/El Grande OrientePublic
Página 218 de 275
Table of Contents

XXII

Hemos llamado lenidad a la pena anunciada, porque con respecto al furioso ardor de la canalla lo parecía; pero en rigor de justicia era una atrocidad, que solo tiene disculpa en las infames transacciones a que obligan los yerros políticos.

En Comuneros la noticia fue chispa arrojada a la mina. La fortaleza reventó, y una explosión de salvajismo, de barbarie, de odio y necedad atronó la Plaza de armas. Los honrados y los inocentes, que no eran los menos bajo el estandarte de Padilla, hacían coro a los malvados, por la solidaridad que entre todos reinaba. Eran los primeros envueltos en el torbellino, y sin saberlo, estaban tan locos como los demás; mejor dicho, los honrados y los inocentes eran los verdaderos locos, porque los perversos conservaban bajo la borrachera de venganza su nefanda razón. Pero, en realidad, la noticia de la blandura del juez más les agradaba que les afligía. Servíales de pretexto para poner en ejercicio su ideal de barbaridades, desafueros, y de admirable tema para gritar contra los ministros, llenándoles de befa y escarnio. Acogieron, pues, el suceso con el frenesí del beodo a quien dan aguardiente, y se hartaron de furia, de exaltación política, poniéndose como demonios en la sesión que celebraron la noche de la noticia.

Romero Alpuente, a quien respetaban, no pudo presidir la sesión, porque le fue imposible sofocar el tumulto. Regato emitía con su habitual tono de importancia opiniones furibundas. Mejía sudaba gritando, y con el rostro encendido, gesticulaba sin poder conseguir que le oyeran. Pelumbres daba golpes en los bancos con un bastón semejante a la clava de Hércules. Don Patricio, renunciando a ser oído por toda la asamblea, pronunciaba, ora frases áticas, ora apóstrofes demostenianos en un pequeño grupo que se formó a su lado. En suma, la Plaza de armas, más que guarnición regular, parecía un ejército indisciplinado, un manicomio insurrecto, o un infierno en que fuese ley la libertad individual para hacer diabluras. Cada cual pedía una cosa distinta, y es incomprensible que no se rompieran las cabezas unos a otros, único medio y fórmula de conciliar todas las opiniones.

218