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nydus/El Grande OrientePublic
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V

Los golpes redoblaron. Parecía que cien puños de hierro martillaban la puerta; la campanilla, sin cesar movida, cayó de su sitio.

—Es preciso abrir al instante —manifestó con vivísima agitación Gil de la Cuadra—. Una palabra más, amigo mío, hija de mi alma. Mientras viene de Asturias tu primo Anatolio, que ha de ser, amén de tu marido, tu único amparo después que yo falte, te dejo encomendada a este buen amigo. Él será tu padre y tu hermano. Señor Monsalud, si acepta usted el encargo, me voy más tranquilo a la cárcel, y de allí...

—Acepto —dijo con grave acento el joven—. Solita será mi hermana. Además, juro por todos los santos y por Dios, que es mi padre, que le he de sacar a usted de la cárcel a donde va esta noche.

Los tres se abrazaron sin añadir una palabra más. En el mismo instante, despedazada la puerta de la casa, entró en la estancia un hombre brutal y grosero, uno de estos que no creen representar bien a la autoridad si no la hacen antipática y aborrecible.

—¿Quién es aquí el bribón de Gil de la Cuadra? —dijo mirando alternativamente al joven y al anciano... ¡Ah!, conozco al mozo, que es Monsalud... supongo que Cuadra será el vejete... Véngase usted conmigo a la cárcel de Villa... no, a la de la Corona, porque en aquella no cabe más gente.

—El señor es Gil de la Cuadra —dijo Salvador—. Por el bribón no preguntes, que aquí no hay otro que tú.

Dos, tres, cuatro individuos no menos simpáticos que su lindo jefe, penetraron en la estancia.

—¿Y a esta tortolilla, la llevamos también? —preguntó uno, atreviéndose a poner la mano en el hombro de la joven.

—Para preguntar una estupidez —repuso Monsalud rechazándole violentamente— no se necesita dar coces.

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