—¿Malas noticias? —repuso el joven dando un suspiro y meditando breve rato—. La verdad, este asunto es difícil. Se sacan piedras del fondo del mar; pero ¿quién saca la pobre víctima que cae en el inmenso fondo de barbarie del populacho?
Solita dio un suspiro y elevó sus expresivos ojos al cielo.
—Pero no hay que desesperar, hermanita —añadió Salvador consolándola—. Cuando yo llegue al último extremo en mis fatigas y empeños por salvar la vida al pobre reo; cuando yo no pueda más, vendrá lo imprevisto, vendrá Dios y lo salvará.
—Según eso, traes malas noticias —dijo Soledad con abatimiento.
—Malas no, regulares. He adelantado algo. Mañana veremos. Conque buenas noches, comadre.
Solita dio otro suspiro y se alejó; pero retrocediendo al instante, hizo esta pregunta:
—¿Y le has visto?
—Todavía no he podido verle. Ponen mil dificultades; pero pienso hacerme amigo de los comuneros, a ver si por este medio...
—Los comuneros... es decir, don Patricio. Dime, hermano, ¿son todos tan tontos y tan crueles como nuestro vecino?
—Allá se le van... Creo que me será fácil ver a tu padre. Descuida, que si no podemos conseguir su absolución, trataremos de arreglarle la escapatoria.
—¡Qué bueno eres, pero qué bueno! —exclamó Sola—. Siempre que te oigo hablar, se me llena el corazón de esperanza, y veo a mi pobre padre libre y feliz. Lo que haces por nosotros, Salvador, es más que cuanto