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nydus/El Grande OrientePublic
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XX

—¡Oh, qué bien! —dijo Monsalud con sincera admiración—. Hermosa prenda se va a llevar ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te lo digo sinceramente.

El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo de modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente. Salvador no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una mujer. En las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en su descolorido semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos, donde jugueteaba el alma, escondiéndose en la penumbra del pudor, o mostrándose en la claridad del cariño, había lo bastante para turbar la paz de cualquiera.

—Siéntate a mi lado —le dijo Salvador—; parece que estás asustada.

—¿Yo?... no.

—Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por qué están tan frías y temblorosas?

—Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran helado.

—Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa. Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.

—Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas; si estás como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.

—Pero tú tendrás a tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he perdido.

Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos enormes.

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