enloquecer a los hombres. Monsalud sintió un impulso de ira, y crispando los dedos miró el cuello del agente de Su Majestad. Pero la razón no le abandonaba, y calculó que era muy prudente contenerse para imaginar algún ardid que sin comprometerle, le librara de las enfadosas sugestiones de aquel hombre.
—Guarde usted su dinero, señor Regato —dijo con serenidad—. Yo no soy Pelumbres.
Regato no dijo nada y puso el cinto sobre la mesa.
«Este soberbio no cede con cualquier bicoca —pensó—. Será preciso hacer un sacrificio, un verdadero sacrificio.»
—Yo creí —indicó Salvador disimulando su ira con una apariencia festiva— que ya no le quedaban a usted más ochentines de los que el gobierno dio a la Casa Real.
—Son onzas de oro —dijo Regato con naturalidad—. Ya sé que usted me dirá mil lindezas y pedanterías. No parece sino que es un crimen aceptar obsequios en pago de un servicio leal. Bueno, señor mío, usted se lo pierde. Viva usted de sus rentas, viva de sus fincas, ya que donosamente rechaza lo que le cae...
Levantose, y dando varios pasos en diferente sentido, se detuvo ante Monsalud, le puso la mano en la cabeza y se la movió con gesto entre cariñoso y amonestador.
—Y si no —añadió—, no hay nada de lo dicho. Por eso no hemos de reñir. Cada uno tiene su conciencia como se la hizo Dios. Hay escrúpulos respetables. Yo no censuro que haya personas así... tan atiesadas. Lo que siento es que se va usted a ver en un mal paso, caballerito. Si yo le he propuesto lo que sabe, es por encargo de varios amigos, y ellos no son como yo, mansos y pacíficos y que con todo se conforman, sino muy