dormir; pero la asamblea, sin apartarse de sus excitados sentidos, continuaba zumbando y gesticulando con sus cien voces roncas y sus doscientas manos amenazadoras. Al punto comprendió que era producto infame de candidez y de perversidad, gárrula bastardía del entendimiento, explotada por una diplomacia diabólica. Comprendió que se había metido entre hombres, la mitad tontos, la mitad feroces, que marchaban juntos a un fin claro, con alianza parecida a la del asno y el lobo en más de una fábula. Del esfuerzo que necesitaba hacer su espíritu para descender al trato con tales gentes no hay que hablar, porque se comprenderá fácilmente.
Avanzado había la mañana, sin que el novel hijo de Padilla hubiera podido conciliar el sueño, cuando entró Campos lleno de zozobra y agitación.
—Esto ya pasa de broma —le dijo—. La niña no parece. Hemos ido al Retiro, y no está en el sitio que