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nydus/El Grande OrientePublic
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XX

Apartando el rostro para no ver el de su amante, salió precipitada y atropellándose de la casa. Habiéndosele unido su criada en la escalera, ambas bajaron.

Salvador se dejó caer en una silla, y apretando su cabeza entre las manos, se clavaba en el cráneo las uñas.

—¡Oh, Dios mío, qué infeliz soy!... Sola, Sola, ¿has visto...? ¡Maldito sea yo mil veces! ¡Maldito sea el día en que nací!

—Pero esa mujer —balbució la muchacha saliendo de su estupefacción—, ¿es un demonio...? Comprendo que te cause tanto furor...

—¡No es demonio, es un ángel; y no me causa furor, sino que la adoro!... ¿No la viste? ¿Has visto mujer más hermosa?

—¿Tú...?

—¡La adoro, me muero por ella!... Pero tú eres una tonta y no puedes comprender esto. Sola, hermana mía, lloro porque... no puedo... Ten compasión, ten lástima, mucha lástima de mí.

Solita tuvo tanta lástima, que se echó a llorar.

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