sistemáticos de su desgracia, llegó a darle la seguridad completa de un conflicto. El alma se defendía rabiosamente contra aquella alevosa guerra de distingos y sutilezas. Por adorar, hasta adoraba los defectos de Andrea, mejor dicho, veía en ellos gracias nuevas y donaires desconocidos, por cuyo motivo, en el momento de la catástrofe, le hemos visto rechazando las razones positivistas con que el pérfido intellectus trataba de arrancarle su hermoso sueño. Andrea era para él la totalidad de las satisfacciones humanas y el ideal de la vida. La amaba en globo, con sus defectos, conociéndolos y aceptándolos como se aceptan sin la más leve protesta de los ojos las manchas del sol. Ni por un momento pensó en apartarse de ella por causa de tales lunares, accidentes encantadores que se confundían con las perfecciones, sin que el ciego amor pudiera decir dónde acababa Dios y empezaba Satán. El egoísmo estupendo del amor ahogaba entonces en Monsalud la potencia crítica que en él hemos reconocido. Para que uno y otro se separaran, era preciso, pues, que mediase una gran violencia o una traición de ella. Esta vino, como hemos visto, y el pobre hombre, dolorido y desesperado por la conmoción de la caída, meditaba en la noche que siguió al día del desengaño, buscando una especie de recreo en su propia pena, y golpeaba en la tabla del bufete con su cabeza, cual si esta fuera un caldero lleno de absurdos, que merecía ser roto y desocupado.
Entre tanto, Solita, llena de consternación por lo que había visto y oído, se retiró. No se apartaba de su mente la idea de que Salvador sufría algún mal muy grande. ¿Cómo consolarle, cómo aliviarle al menos? Por último, cavilando durante largo rato, sus ideas variaron.