reclama nuestra atención. Este asunto no tiene espera. Nos está llamando, y nosotros le volvemos la espalda para discutir sobre si debemos ponernos un anillo en el dedo o un triangulillo en el ojal.
El que esto dijo era un hombre de más de cuarenta años, moreno como el anterior, de facciones bastas y gruesos labios. Fuerte y algo pesado era su cuerpo; carecía de soltura, gracia y flexibilidad; pero en cambio parecía poseedor de una gran energía. ¡Lástima que esta energía, circunscrita al entendimiento y al astro poético, no transcendiese a la voluntad!
Completaban su persona cabeza admirable, abultada y lobulosa; ojos grandes y hermosos; una frente a la cual no faltaba sino el laurel para ser olímpica; expresión grave, y tono sentencioso en la voz. Allí dentro le llamaban Pelayo.
—Es verdad, es verdad —dijeron los demás—. A la cuestión.
—Los comuneros han