macilenta luz. Damos diente con diente y el cabello se nos eriza, al observar que en diversas partes de la triste estancia, cuelgan, cual objetos en testero de tienda, cantidad de huesos y calaveras, y que medio esqueleto se apoya contra la pared mirando con desconsuelo al otro medio, o sea los fémures y tibias que fueron de su pertenencia y ora yacen en el suelo.
En la sepulcral pieza hay una mesa, y junto a esta mesa se ocupa en burilar una plancha, o sea extender un acta (hablando a lo cristiano), un viejo de cabellos blancos. No atendemos a las demostraciones amistosas que hace a nuestro introductor, ni a las palabras de este: por ahora, atentos solo al conocimiento del local, fijamos los atónitos ojos en algunos letreros que entre hueco y hueco adornan las paredes, y leemos:
«Si vienes impulsado por una mera curiosidad o por otro móvil aún peor, retírate: no trates de descubrirla, porque penetraremos tus intenciones.»
Volvemos la cabeza y nos sale al encuentro otro parrafillo:
«Si tu conciencia está tranquila, ¿por qué sientes disgusto ante estos despojos que te recuerdan el fin de tu vida?»
Otro letrero dice:
«¿Siente tu alma temor? Pues retírate, porque solo un espíritu fuerte puede soportar las pruebas a que has de ser sometido.»
«¿Te hallas dispuesto a sacrificar tu vida en aras del progreso humano?»
Poco a poco nos vamos familiarizando con el fúnebre y medroso espectáculo, y echamos de ver que la Cámara, lo mismo que su extraño mueblaje, tienen cierto sello de arrinconados cachivaches de teatro, dicho