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nydus/El Grande OrientePublic
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VIII

sin perder ni un instante su serenidad—: tú que has cantado en todos los corrales y has venido aquí mandado por los absolutistas, para referirles lo que hacemos, debes callar para no exponerte a que se descubra bajo la piel de ese ridículo celo, la verdadera oreja asnal de tu conciencia negra.

—Que se burilen, que se escriban ahora mismo esos insultos —gritó Pipaón fuera de sí—. Hermano Venerable, pido que el Oriente formule ahora mismo el acta de acusación contra el hermano Aristogitón, y que pase a la Cámara de Justicia.

—¿Para qué se ha de escribir lo que he dicho? —añadió Monsalud—. Mejor es que lo repita, y lo repetiré cuantas veces queráis.

—¡Orden, orden!

Cicerón rompía la mesa a martillazos.

—¡Fuera, fuera!

—Hermanos queridos —dijo el Venerable haciendo un esfuerzo para que su sonora voz fuese oída—. Tengamos calma. Ruego al orador tenga presente que estamos en un templo, en el santo templo abierto a las luces, a la honradez pura, a la filosofía pura, a los nobles sentimientos filantrópicos de la humanidad toda, sin distinción de clases, iglesias, castas ni estados...

—¡Bien, muy bien!

—Pues digo al orador que estamos en un templo y no en un Congreso, y menos en un club.

—¡Muy bien!

—Hecha esta advertencia, y rogando a los hermanos de las columnas septentrional y meridional que se calmen y tengan prudencia, oigamos a

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