Hay que trabajar, hay que trabajar, granujilla, porque satisfagas tus sentimientos caritativos. Eres todo un hombre de bien...
—Gracias —repuso Salvador caviloso.
—Ya hablaremos, ya hablaremos —dijo Campos—. Ahora tenemos el marqués y yo muchas cosas en qué pensar. Y puesto que te hallamos aquí tan a punto, querido Monsalud, vamos a darte una buena noticia. ¿Se lo digo, señor marqués?
—¿Por qué no? —indicó Falfán de los Godos promulgando el gozo de su alma por medio de sonrisillas y gestos.
—El señor marqués se nos casa —dijo Campos acariciando la espaldas del exento—. Ya supondrás con quién. Con mi sobrina.
Monsalud se quedó blanco y frío. Punzada agudísima hizo estremecer de dolor su corazón. Afortunadamente, la sala estaba oscura, y la emoción del joven, que se esforzaba en disimular, no fue advertida.
—Es un proyecto improvisado sin duda —dijo pasándose la mano por la frente para apartar la negrura que le caía sobre los ojos.
—Ya venimos pensando en esto hace algún tiempo. Pero el señor marqués no ha necesitado hacer grandes esfuerzos para cautivar a la hermosa americanilla.
—Pongamos las cosas en su verdadero lugar —dijo Falfán de los Godos haciendo alarde de buen sentido—. No soy un vejete de comedia, bien lo sabe el amigo Monsalud. Conozco la fecha de mi nacimiento y la desproporción que existe entre mi edad y la de Andrea. Por eso no he caído en la ridiculez de pretender inspirar a la niña una pasión formidable... Verdad es que no soy un mamarracho, y mis cincuenta ofrecen un aspecto tolerable... pero no: nada de pasiones exaltadas. Yo me contento, amigos míos, con haber logrado, como es evidente, inspirar a