y escribía—. El buen Arouet no ha dicho semejante cosa. No calumniemos al gran filósofo, señores.
—Quienes le calumnian, querido Sócrates —dijo Campos en un momento de ira—, son los volterianos, que fuera de aquí se fingen beatos para halagar a los curas.
—Pero si halagan a los curas honrados —repuso Canencia volviendo a contar—, no trabajan por la impunidad de los curas absolutistas que escandalizan al país con sus conspiraciones... Cuarenta y cinco reales en medias pesetas.
—Usted, papá Sócrates —dijo Monsalud con mal humor—, reparta el dinero de la Viuda y deje lo demás.
—Volviendo a nuestro asunto, hermano Aristogitón —manifestó Campos—, te conviene mucho no meterte a redentor de cautivos. El Grande Oriente no puede aplacar la efervescencia del pueblo contra Vinuesa, ni absolver a este, aunque hará todo lo posible porque no se le condene a muerte, ni tampoco pondrá en libertad al de Tamajón, ni a tu Gil de la Cuadra, porque si lo hiciera se supondrían complicidades absurdas. Ya sabes lo que es el vulgo... y por más que digan, los gobiernos deben dar algo al señor vulgo en compensación de lo mucho que a todas horas le piden.
—Pues yo me retiro —dijo Monsalud resueltamente.
—Aguarda, torpe, ingrato. Te he dicho que iba a darte una pedrada esta noche.
—No estoy para bromas.
—Vamos, será preciso cogerte con lazo, y luego atarte las manos para que no des bofetadas a tus favorecedores.
Campos sacó del bolsillo un pliego doblado en cuatro.