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nydus/El Grande OrientePublic
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IV

—Las once —dijo el anciano levantándose con dificultad—. Me siento mejor; me siento más ligero; se me ha despejado la cabeza; muevo las piernas con flexibilidad; en fin, soy otro... ¿Conque a disponer...?

—Sí, a disponerlo todo. Arregle usted lo que ha de llevar de su casa. Yo me encargo de todo lo demás.

—¡Oh idolatrada hija mía, ya tienes padre otra vez; viviremos tú y yo! —exclamó Gil de la Cuadra con viva excitación de espíritu—. Lo que va a hacer por mí, señor Monsalud, supera a cuanto hicimos por usted en aquel horrendo día. Si consigue ponerme en salvo esta noche, me parecerá que resucito, y el horroroso aspecto de la cárcel dejará de atormentar mi imaginación... Conque apresurémonos. Soledad, hija mía, ven... Una vez que esté libre de las garras de esos infames, fácil le será a usted sacarme del atolladero de la causa. Las sociedades secretas a que usted pertenece lo hacen y deshacen todo. Además, el señor duque del Parque, de quien es usted secretario, administrador o no sé qué, pasa por uno de los hombres de más valimiento que existen en España.

—Antes de media noche estaremos fuera de Madrid —dijo Monsalud haciendo sus cálculos—. No conviene perder tiempo.

—Ese ánimo y decisión me regeneran —dijo Cuadra dando algunos pasos vacilantes por la habitación—. Déjeme usted que antes de ocuparme en los preparativos de la fuga, le dé a usted un abrazo, un estrecho abrazo de amigo... así... Ahora veamos lo que se lleva... ¡Soledad, Solita!

La muchacha apareció de repente, pálida, desconcertada. Su semblante expresaba el terror más vivo, y sus descoloridos labios no acertaban a pronunciar palabra alguna. El padre participó al punto por simpatía natural del pavor de su hija; miró a Monsalud; este formuló con ansiedad una pregunta.

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