—¿Haces guardias de noche?
—Pues no. Anoche me tocó en el Principal, y mañana me toca en la cárcel de la Corona.
—¡En la cárcel de la Corona... mañana! —dijo Monsalud con interés—. Ya sé... es donde están presos esos cleriguchos que han hecho planes horribles para quitar la libertad.
—Y algunos que no son clérigos. Pero esos tunantes morirán, o no hay justicia en España. Dicen que el gobierno quiere condenarles a presidio nada más: esto se llama protección, ¿no es verdad?
—¿Y me has dicho que eres teniente?
—Nada menos; y si no fuera por las intrigas que hay en el batallón...
—Yo también seré miliciano y me afiliaré en tu batallón, gran Pujos —dijo Monsalud riendo—. Se me figura que entre tú y yo hemos de hacer algo extraordinario.
—Me alegraría de ello.
—Nos veremos pronto, y hablaremos... quizás mañana... Pero el tiempo pasa y hay que contestar a estas endiabladas preguntas.
—Escriba usted... Me parece que vienen ya.
Salvador escribió sus respuestas, que fueron llevadas a la Plaza de armas para que las examinara la guarnición. No tardaron el Alcaide y el proponente en conducirle, vendado otra vez, a la puerta del salón de sesiones, que estaba cerrada. Por dentro una voz gritó:
—¿Quién es?
«Esta voz áspera y hueca, como una campana rajada —dijo Monsalud para sí—, es la de Romero Alpuente.»