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nydus/El Grande OrientePublic
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XVI

—Andrea tiene conciencia: no es una muchacha corrompida —afirmó Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación le producía.

—Qué conciencia ni conciencia... Resabios tontos de su enamoramiento infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca, rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería salir.

—¿Salir?

—A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso quiero estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas, todo se pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi casa no se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos negros han derramado estos días se podía haber hecho otro estanque del Retiro. Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como recuerdo de su padre. ¡Ay, qué susto! Te aseguro que si no llego a tiempo, tenemos en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias que mi sobrina ha leído en las historias de griegos y romanos, y que ahora las novelas sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el Werther? Es un Dido macho que se mata por amor.

Salvador estaba pálido y no acertaba a decir nada.

—Por esta causa he querido prevenirte, asegurarme de tu formal renuncia, que espero cumplirás con honradez. Es posible que recibas alguna esquelita, aunque la hemos privado de tinta y papel; es también muy probable que la mariposa tienda sus alas y se eche a volar

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