CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/El Grande OrientePublic
Página 267 de 275
Table of Contents

XXVII

—¡Miserable!...

Gil de la Cuadra corrió hacia él y le oprimió el cuello.

—Ahógame, necio —gruñó Regato—, ahógame. Mi último suspiro será para echarte en cara tu vilipendio. Ese hombre, ese amigo mío...

—¡Qué dices!...

—Te burló, te burló. En Francia, todos los españoles lo sabían menos tú...

Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó como un relámpago por su cerebro; una idea confusamente mezclada con recuerdos, palabras, coincidencias, detalles.

—El majadero no lo cree —dijo Regato, ya libre de las manos que le apretaban el cuello—. Voy a darle pruebas para que calle.

—¡Pruebas! Está loco. Cállese usted. Esto es una farsa... ¡Pero ese hombre no viene, Santo Dios!

—Pruebas, sí. Ponga usted la mano sobre el costado derecho, en la pechera del uniforme mío que tiene puesto. ¿Qué hay en ese bolsillo?

—Un bulto, una cartera.

—Un paquete. Sáquelo usted.

—Ya está. Cartas...

—Lea usted...

—¿Qué es esto? Una carta firmada Amézaga.

—Siga, hojee usted ese precioso libro. Tras esa joya vendrá otra.

267