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nydus/El Grande OrientePublic
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IV

que los milicianos sirvieran en el ejército ocho años o pagaran veinte mil reales de redención... que se trasladara al obispo de Mallorca... que se imprimieran por cuenta del Estado las cartas del padre Rancio... que el obispo auxiliar, portador del libro de la Constitución del año 20, lo llevase también ahora y con su propia mano se lo diese al verdugo para quemarlo... en fin, ya ve usted que nada faltaba.

—Nada faltaba, a no ser sentido común. ¿Son también obra de usted los papeles El grito de un Español y La papeleta de León?

—En esta misma mesa he escrito parte de ellos —repuso el enfermo con disgusto—. Pero no disputemos ahora sobre la ruindad o excelencia del plan. Yo sigo creyendo que sin los infames sobornos y traiciones que han mediado, nuestra obra nos habría proporcionado un verdadero triunfo. No es posible formar juicio de lo que no ha podido pasar del pensamiento a la irrecusable prueba de los hechos. Lo real, lo positivo, lo que vemos y tocamos, amigo mío, es que yo me encuentro comprometido, expuesto a perder la libertad y quizás la vida, si no hallo un hombre discreto, astuto, hábil y poderoso que me ampare en trance tan aflictivo.

—Pero la corte, esa corte que es la que alienta, paga y sostiene las conspiraciones realistas, no le abandonará a usted...

—¡Ah, señor Monsalud de mis pecados! —exclamó Gil de la Cuadra con amarga tristeza—, la corte, o no puede nada, o teme comprometerse dándome el amparo que de ella he solicitado. Preso don Matías, sin que ni rey ni Roque hayan podido evitarlo; hecha pública la conjuración, no hay ningún prócer ni potentado de Palacio que no proteste de su adhesión al liberalismo.

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