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nydus/El Grande OrientePublic
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XV

estuvo dispuesta a arrojarse de rodillas delante de su hermano, pidiéndole que la perdonase. Pero el temor de enojarle más la contuvo. Tal era su sobresalto, que hasta temía molestarle con el ruido de sus pasos al retirarse. Hubiera deseado poder huir sin moverse, sin correr, sin andar, desapareciendo como sombra, o apagándose como una luz.

—Te he dicho que no necesito nada —repitió Salvador deteniéndose ante ella, después de dar varios pasos por la habitación.

Un instante después Monsalud se hallaba solo consigo mismo. Midió la pieza de largo a largo varias veces con agitado paseo; sentose luego, y apoyando los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos, como si necesitara aquella de estos dos puntales para no caerse del busto. Al cabo de un rato de dolorosa meditación sobre su desaire, la voluntad, o mejor dicho, la misteriosa fuerza reparadora que en el orden físico poseemos, empezó a trabajar dentro de él. Trataba de consolarse, imaginando razones positivistas que atenuaran el desconsuelo total de su alma, curando además la profunda herida abierta en su amor propio. Pero en estos casos de sensibilidad hondamente excitada, las razones positivistas, por ingeniosas que sean y aunque emanen de la dialéctica más segura, son como los medicamentos que el criterio vulgar llama paños calientes, que o no hacen nada o exacerban el mal.

El dolorido razonaba admirablemente, y mientras mejor razonaba, argumentando contra su propio dolor, más crecía este, con más fuerza hincaba su agudo diente, más avivaba sus inextinguibles ascuas. Una lógica incontrovertible demostraba que habría sido gran error contraer matrimonio con Andrea: en el carácter de la americana había un germen maléfico cuyas consecuencias érale fácil prever a la razón fría. Pero armas tan sutiles no eran poderosas contra la sensibilidad inflamada. Calmada esta, consideraba Monsalud con elevación el mal que padecía, generalizando sus desgracias y sometiendo todas las ocurrencias desdichadas de su vida a una ley fatal, que presidía sus tristes destinos, como las estrellas de la antigua nigromancia.

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