—Pues lo pasado, pasado —dijo Campos—. Amigos otra vez. Olvidemos las ofensas que mutuamente nos hayamos hecho.
—Pasemos la trulla.
Trulla era la cuchara de albañil, y la idea de pasarla indicaba olvido y perdón de las injurias, idea que bien podía expresarse hablando como la gente.
—Ahora me toca a mí —dijo Salvador.
—Ahora te toca a ti —añadió Campos sacando dos cigarros habanos y ofreciendo uno a su amigo—. Ahí va esa pólvora del Líbano. Fumemos.
—¿Usted me promete que Gil de la Cuadra no será condenado a muerte?
—Eso no.
—¿Me promete usted que se sobreseerá su causa?
—Tampoco.
—Entonces...
—Lo que prometo es que tu padre, tu tío, tu pariente o lo que sea, saldrá de la cárcel.
—¿Cómo?
—Escapándose de ella, lo cual no es fácil; pero sí posible, sobre todo si tú y yo nos proponemos hacerlo. No hay que pensar en que el gobierno