Salvador observó la diversidad de fisonomías que presentaba en su innoble recinto la Plaza de armas, y halló entre sus compañeros de caballería muchas caras conocidas. Algunos, pocos, eran diputados en el Congreso; allí estaba también el célebre Mejía, que algunos meses después fundó El Zurriago. Aunque el elemento principal de la Sociedad era la juventud, había bastantes viejos, no todos tan inocentes como don Patricio Sarmiento. Milicianos nacionales los había por docenas; la gente de poca instrucción y de locos apetitos burocráticos imperaba, y en todos los incidentes de la sesión salía a la superficie un espumarajo de patriotería gárrula, que era la fermentación de aquel elemento. No habrían transcurrido veinte minutos después de la admisión del nuevo caballero comunero, cuando un hombre desenfrenado que se ocupaba del asunto puesto a discusión, pronunció estas palabras:
—Yo propongo a nuestra asamblea que cesen las contemplaciones con la corte y que se dé el grito de ¡Viva la República!
Alborotose la guarnición con tales palabras, que algunos calificaron de admirable ocurrencia, otros de desatino mayúsculo; y si bien el presidente trató de volver la discusión al terreno que marcaba el tema, no fue posible conseguirlo. Entonces el señor Regato, manifestando ruidosamente que deseaba exponer algunas ideas que agradarían a la reunión, usó de la palabra en estos términos:
—«Señores: lo que ha dicho nuestro ilustre y valerosísimo compañero de armas, el caballero X..., ha asombrado a muchos; pero a mí no me asombra, porque yo soy más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy, porque mi lema, señores, es adelante y siempre adelante. Estamos cansados de sufrir, estamos cansados de esperar. ¿Os aterra la