arroja al viento. Es preciso transigir un poco con la inquietud bulliciosa y la precocidad patriótica de estos chiquillos que han de ser ciudadanos. De esta manera les voy educando sin tiranías, y mansamente les inculco sus deberes, y les preparo para que ejerzan la soberanía en los venideros años venturosos, en los cuales nuestra nación se ha de empingorotar por encima de todas las naciones.
El amigo y vecino de nuestro excelente don Patricio sonrió.
—No crea usted —continuó el maestro— que imitaré la conducta de ese pedante insoportable, émulo y antagonista mío, el maestro Naranjo, de la calle de las Veneras, el cual, cada vez que hay bullanga, revista de milicianos, otra cualquier función vistosa, encierra a los chicos y no les permite ver, ni que regocijen sus tiernas almas con las emociones de la cosa pública.
Pero bien sabe usted que Naranjo es un poco y un mucho servilón, hombre forrado en oscurantismo y encuadernado en intolerancia, amigo de los enemigos de la Constitución, indiferente en efigie, pero absolutista en esencia, con vislumbres de persa vergonzante y amagos de realista monacal.
¿Qué ha de hacer con los pobres chicos un hombre de estas cualidades? Tiranizarles, ennegrecer su espíritu, imbuirles ideas despóticas, educarles en el desprecio de la Constitución y en el amor al servilismo.
¡Desgraciada nación la nuestra, si prevalecieran en ella los alumnos de Naranjo!
Vea usted, señor don Salvador, una cosa de que el ministerio debiera ocuparse sin levantar mano: extirpar esas infames cátedras, suprimiendo todos los maestros de escuela que con su conducta están sembrando la cizaña del servilismo, para que en lo venidero estorbe y ahogue la frondosa planta de la Constitución.