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nydus/El Grande OrientePublic
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XXI

En la mesa negra estaba pintada también con tiza la horca y un diablillo que tiraba de los pies del ahorcado. En las paredes se leían varias estrofas de las más indecentes del lairón. Pero al desgraciado preso no le mortificaba tanto leerlas como oírlas, y este era su principal tormento.

Todos los chulillos que pasaban de vuelta para el Lavapiés a la madrugada; todos los rondadores guitarristas que iban a recorrer las calles; todos los grupos de vagos que regresaban de los clubs o de las logias; todos los patriotas que salían de las tabernas a hora avanzada, y los chiquillos al salir de la escuela por las tardes o al ausentarse de ella para ir de huelga o pedrea al Mundo Nuevo, hacían escala al pie de la reja del calabozo de Vinuesa; así es que este oía constantemente durante dieciocho horas de las veinticuatro del día, los famosos versos:

Estas eran las estrofas comunes; pues las picarescas o indecentes en que se atribuían al cura de Tamajón las mayores atrocidades y desvergüenzas, no pueden copiarse. El populacho veía en Vinuesa un galanteador de muchachas, corruptor de doncellas, tercero, mancebista y cuanto abominable y ruin puede imaginarse. Nada de esto es verdad. Su único delito había sido el plan que conocemos; pero si hubiera faltado a las leyes morales con perversidad o indecencia, habría purgado sus culpas con el infierno expiatorio que tenía en la prisión.

Era este un lúgubre ventanillo cuadrado y pequeño, con una cruz de hierro en el vano. Por allí entraba la voz del terrible populacho cantando infames coplas, amenazando e insultando sin cesar al pobre reo. Vinuesa aborrecía el nefando agujero por donde le entraban la luz y la ira de la nación vengativa; y por verle tapado, aunque le dejase a oscuras, diera lo restante de su vida y la esperanza de libertad. Si lograba conciliar el sueño, no dejaba de ver aquel boquete horrible, que en su mente febril se representaba como el ojo y la boca de la inmunda canalla, que sin cesar le vigilaba y le escupía.

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