—¡Gran suerte será para nosotros —dijo al fin Campos— que el señor Regato nos perdone la vida!
—Yo no amenazo. Al contrario, invito a todos los buenos amigos a que se vengan conmigo.
—Es muy cómodo eso —indicó Cicerón—. Vivir con la masonería, cobrar 800 reales por calaveras, remiendos echados al sol y aguardiente dado a la policía, y marcharse después con los comuneros para hacernos la guerra.
—No pueden ustedes acusarme de interesado —dijo Regato, levantándose también para marcharse—. La Comunería es pobre; no da destinos.
—Pero los dará tal vez dentro de ocho días. Ya se puede esperar.
—Antes que se me olvide, señor don José Manuel —dijo el filósofo Canencia, que no se apartaba de lo positivo—. Me han dicho que allá tienen falta de espadas y broqueles. Aquí tenemos algunas piezas de sobra.
—Veo que esto acabará en Rastro —repuso el comunero guardando sus cuartos—. Nosotros usamos espadas de acero, no de latón.
—Pues buen provecho, hombre, buen provecho.
—Para mis amigos soy el mismo de siempre —dijo Regato echándose la capa sobre los hombros—. ¡Quién sabe si...!
—El hermano Sócrates y yo tenemos que ajustar ahora otra especie de cuentas. Buenas noches, señor Regato.
—Yo me retiro también —dijo Monsalud—. Repito lo del destino, señor Marco Tulio. Muchas gracias, muchas gracias por la secretaría; pero que sea para otro.