—Otra equivocación —decía—, otra caída, otro desengaño. Todo aquello en que pongo los ojos se vuelve negro. Si mi corazón se apasiona por algo, persona o idea, la persona se corrompe y la idea se envilece. Conspiro y todo sale mal. Deseo la guerra y hay paz. Deseo la paz y hay guerra. Trabajo por la libertad y mis manos contribuyen a modelar este horrible monstruo. Quiero ser como los demás y no puedo. En todas partes soy una excepción. Otros viven y son amados; yo no vivo ni soy amado, ni hallo fuente alguna donde saciar la sed que me devora. ¿Amigos? Ninguno me satisface. ¿Artes? Las siento en mí; pero no tengo educación para practicarlas. ¿Amor? Siempre que me acerco a él y lo toco, me quemo. ¿Religión? Los volterianos me la han quitado sin ponerme en su lugar más que ideas vagas... Dios mío, ¿por qué estoy yo tan lleno, y todo tan vacío en derredor de mí? ¿En dónde arrojaré este gran peso que llevo encima y dentro de mi alma? Voy tocando a todas las puertas, y en todas me dicen: «Aquí no es, hermano; siga usted adelante.» Voy siempre adelante. Algún ser existe, sin duda, que está sentado junto a su casa, esperándome con ansiedad; pero yo paso y vuelvo a pasar, subo y bajo, entro y salgo con mi carga a cuestas, y no doy jamás con la puerta de mi semejante. Voy aburrido y desesperado; ando sin cesar. «¿Será aquel?», me pregunto. Creo haber acertado, y una brutal mano me lanza al camino diciendo: «Sigue adelante, que aquí no es...» «Aquí no es, aquí no es, aquí no es.» En toda mi vida no oiré sino estas desesperantes palabras. * «Aquí no es», me dijo Jenara. * «Aquí no es», me dijo el partido jurado. * «Aquí no es», me dijo la emigración. * «Aquí no es», me dijo la patria. * «Aquí no es», me dijeron
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