«Arrepentida, arrepentida, arrepentida de lo que he hecho. »Ven al instante. Estoy esperándote en el Retiro, junto al Observatorio. Me he escapado de mi casa. Querido mío, mi vida y mi muerte: si no me perdonas, si no vienes al instante a mi lado, me moriré de desesperación. »Lo que he hecho contigo es una villanía, una ofuscación. »Un poco tarde lo he conocido; pero lo conozco al fin, lo confieso y te pido perdón. »Te adoro, y ni Dios podrá hacer que yo pertenezca a otro. Eres mi dueño y puedes abofetearme, puedes matarme si me porto mal. »Salvador, sácame del infierno en que estoy. Ven, no tardes ni un segundo. No vuelvo más a mi casa. Iré contigo a donde quieras: seré tu esposa, tu criada o lo que tú quieras... Sácame los ojos y dentro de ellos verás tu cara. Ya me parece que te siento venir... ¿Vendrás?... En el Retiro junto al Observatorio. Voy corriendo, no sea que llegues antes que yo. Adorado mío, te quiere con toda su alma y te ofrece el corazón y la vida, Andrea.»
Soledad, que entraba cuando Salvador concluía de leer la carta, notó su palidez y agitación.
—¿Qué tienes, hermano? —dijo llena de pesadumbre—. ¿Ese papel te dice algo desfavorable a mi pobre padre?
—No, no —replicó el hermano con desesperación—. Es todo lo contrario. Sola, abrázame, abraza a tu hermano.
La muchacha se arrojó llorando en brazos de Salvador.
—¿Pero te causan pena las buenas noticias?