—Sí, amigo don Patricio: todo lo que usted quiera. ¡Y pensar que tantas cosas malas se remediarían con que el señor don Patricio fuese ministro media docena de días...!
—No se burle usted —dijo el preceptor algo picado—. Yo no seré ministro; yo no puedo ser ministro, porque soy muy honrado, porque no soy intrigante, porque no soy ambicioso. Si tuviera un duro por cada vez que me he negado a aceptar este o el otro destinillo, sería un Fúcar... Pero supongamos que fuera ministro, y sentemos esa atrevida hipótesis...
—Silencio —dijo Monsalud—. Llaman a la puerta.
Atendieron todos. Oyéronse fuertes golpes en la puerta de la casa.
—¿Quién será? —murmuró con temor doña Fermina—. Aquí no viene nadie después de anochecido.
—Iré a ver —dijo Lucas, a quien los golpes sorprendieron descabezando un sueño.
Pocos momentos después entraba Solita, con semblante pálido y consternado, sin aliento, encendidos de llorar los ojos.
—¡Mi padre está enfermo! —exclamó dirigiendo a todos una mirada suplicante.
—Iremos a buscar un médico —dijo don Patricio con oficiosidad—. ¡Lucas!... Corre al momento.
—No es preciso médico —dijo Solita, deteniendo a los Sarmientos con un expresivo ademán.
—Yo entiendo algo de medicina...