—¡Perdón, perdón!
El calabozo retumbaba con las imprecaciones. Viose en el aire un círculo rápido, espantoso, trazado por un pedazo de hierro adherido al extremo de un palo, que blandían manos vigorosas. El martillo describió primero un círculo en vano, después otro... y la cabeza del infeliz reo recibió el mortal golpe. Siguiole otro no menos fuerte, y después diez navajas se cebaron en el cuerpo palpitante.
Lavaban los asesinos el martillo en la fuente de la calle de Relatores, cuando el gobierno resolvió desplegar la mayor energía.
¡Qué sería de esta nación si la Providencia no le deparase en ocasiones críticas el tulelar beneficio de un gobierno!
La noticia del crimen corrió por Madrid, y la Villa, que es y ha sido siempre una villa honrada, se estremeció de espanto y piedad.
El gobierno se estremecía también, y declaraba con patriótico celo que no descansaría hasta castigar a los culpables.
Para que nadie tuviera duda de su gran entendimiento y perspicacia política, mandó que inmediatamente se pusiera fuerza del Ejército en el edificio, y por si alguien tenía dudas todavía de su diligente y paternal actividad, ordenó que al instante y sin pérdida de momento, se instruyesen las oportunas diligencias.
Quejarse de un gobierno así es quejarse de vicio.