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nydus/El Grande OrientePublic
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III

—¿Respeto? No se lo niego. Oiga usted el dato, señor don Salvador. Ayer tarde entró en mi academia para que le cortase una pluma. Ya sabe usted que en la pared de enfrente tengo un buen retrato de Riego. Como el señor Gil le mirase atentamente, yo dije: «Ese es el grande hombre.» Advertí en el semblante de nuestro vecino una sonrisilla picaresca. Mirome, y con mucha suficiencia y pedantería, exclamó: «Es un majadero.»

—Lo mismo dice mi hijo —manifestó la Monsalud, ofreciendo el chocolate a sus dos vecinos.

—¿Lo mismo dice? Será por broma. ¡Riego, don Rafael del Riego! ¡Inmensa figura que se alza sobre el suelo de la patria, y con su majestuosa cabeza toca las nubes! ¡Riego, sol refulgente que todo lo inunda con su luz! ¿A quién sino a él se debe la libertad que gozamos? ¿A quién sino a él debe España el haberse puesto por montera del mundo y el estar por encima de toditas las naciones?

—Pues Salvador dice que es una cabeza llena de viento —dijo doña Fermina, gozando en mortificar al maestro.

—Bromas; son bromas, señor Sarmiento —dijo el joven con benevolencia.

Monsalud había encendido una luz y examinaba cartas y papeles.

—Como bromas pueden pasar; pero son de mal género. Esas bromas puede oírlas cualquiera que no sepa discurrir... Yo no me tengo por ignorante; yo creo haber leído algo; creo poseer alguna ciencia... digo, me parece a mí...

—Por de contado.

—Algo sabe uno de lo que ha pasado en el mundo: memorables hechos y preclaras acciones, o sea lo que los eruditos llamamos Historia. Y si no, que lo diga el señor don Salvador.

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