Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa sobre quién había de usarla, don Patricio Sarmiento se levantó y habló de este modo:
—Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios comuneros, don José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud? Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta noche mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que no sabéis. Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres, talabarteros, comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices, gente toda muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está versada en la historia romana. ( Rumores de disgusto. ) No trato de ofender a nadie: afirmo un hecho y nada más, y como yo creo que para tratar ciertos asuntos, es necesario haberse quemado las cejas... ( Interrupciones donosas ), haberse quemado las cejas, como me las he quemado yo, de aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos no hacen mella en mi ruda entereza, no señor; ( El orador se amostaza ) y así digo como el gran Temístocles: «pega, pero escucha.» ¿De qué se trata? De adoptar la idea republicana. Bien, yo pregunto a la docta asamblea: ¿Cuándo se estableció la República en Roma? Y la docta asamblea me contestará que el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado. ¿Y cuándo concluyó la República de Roma? El año 29.