a Aristogitón a pasar un par de horas en La Fontana, y una vez allí, sentáronse en el más apartado y oscuro rincón del local, tras la tribuna y no lejos del mostrador. Casi estaban solos, porque en tal hora, el célebre club de los amigos del orden descansaba de sus fatigas.
—Pero a pesar de todo, nosotros no hemos perdido nada todavía —añadió Campos—, y yo quiero ver quién es el guapo que se atreve a dar un golpe a las sociedades secretas, autoras, no solo de la revolución de España, sino de las de Portugal y Nápoles. Este poder inmenso no se pierde por una veleidad ministerial... Conque, amado Aristogitón, yo planteo nuestra cuestión en los mismos términos en que la planteé en mi casa hace ocho días, cuando te pusiste como un basilisco, y aun creo que intentaste pegar a tu maestro... pero hombre de Dios, ¿no me haces caso de lo que te digo? Mientras hablo, tú lees.
—Oigo perfectamente —dijo Monsalud dejando el periódico y tomando la taza—. La cuestión planteada en los mismos términos de aquel día...