hubieran tenido que ganarse la vida trabajando dieciséis horas en áridas cuentas y fatigosos menesteres; si la obligación sagrada de mantener a su madre les hubiera quitado toda ocasión de renunciar al trabajo lucrativo para emprender la gloriosa, agitada y vagabunda vida de la imaginación.
Un día Salvador se sintió muy malhumorado. Cogió los poetas, y acordándose de Felipe II, les trató como a herejes.
Aún le quedaba un respiradero, un escape, una vía libre, aunque muy estrecha para salirse a sí mismo y quebrantar la ley de concentración y encierro que le estaba emparedando el alma, digámoslo así; le quedaba el periodismo, y entonces había una prensa no despreciable, donde la juventud podía hacer sus juegos. El Espectador y El Universal, que hoy nos hacen reír, eran órganos hasta cierto punto afinados y sonoros. Salvador no dejó de hacer la prueba; pero bien pronto aquel displicente espíritu crítico de que antes hablamos le hizo aborrecibles las redacciones, como le hizo aborrecibles más tarde las logias, los clubs y la política.
De repente descendió para él de ignorado cielo la hermosa figura de Andrea. Entonces las artes todas, que antes no habían tenido nota ni palabra, se realizaron. Andrea era la música, la poesía, la pintura, la estatuaria, hasta la arquitectura y la danza; era también, si se quiere, el periodismo, la gran política, la vida toda, en fin. El arte tiene distintos caminos para satisfacer el alma: unas veces va por el camino de los lienzos y de las notas; otras por los derrumbaderos de la pasión entre tormentos y goces infinitos. Como quien lo tiene todo, como quien recoge a manos llenas abundantes frutos y flores en todas las ramas del gran árbol del espíritu, Salvador estaba satisfecho: las teclas habían respondido, y sin notas ni versos, poesía y música habían saciado su sediento afán.
Corrieron días felices. Él, sin embargo, se proporcionaba el placer de atormentarse pensando en la probabilidad de perder a su amada; y su cavilación, despertando otros recuerdos y estableciendo los términos