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nydus/El Grande OrientePublic
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II

—Sí, es preciso poner mano en eso —respondió distraídamente Monsalud—. Me parece que ya no pasa tanta gente.

—Si no tuviera que barrer la escuela y copiar unos pliegos, señor don Salvador, nos iríamos usted y yo a meter nuestro hocico en la plaza de Palacio y oír algo de la rechifla... pero, ¡como ha de ser!..., primero es la obligación que la devoción.

Diciendo esto, don Patricio entró en el aula, y tomando la escoba que detrás de la puerta estaba, empezó su tarea.

—Si usted me lo permite —dijo Salvador siguiéndole también adentro—, escribiré una carta aquí, en la mesa de usted.

—Gran honor es para mí... Aquí tiene usted la pluma que he cortado hace poco; aquí la tinta; aquí el papel. Me callaré para que usted pueda escribir tranquilo... Pues como iba diciendo, yo me alegro de que a Su Majestad, de quien siempre hablaré con mucho respeto, le den estas lecciones de constitucionalismo. Los reyes, amigo mío, no aprenden de otra manera. Les dice uno las cosas, y nada; se las repite, se las vuelve a repetir, y ni por esas: es preciso gritar y manotear para que fijen la atención... ¡Ah!... ¡perdone usted! estoy levantando mucho polvo. Regaré un poquito.

Salvador Monsalud escribió lo siguiente:

«A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·. Pod.·. Sob.·. Gr.·. Com.·. y Secr.·. Gran Maest.·. del Gran Oriente de España. S.·. F.·. U.·. Aristogitón.·. gr.·. 18. (Salvador Monsalud.)»

Después se quedó un rato pensativo mordiendo las barbas de la pluma.

—Cuidadito, retire usted un poco los pies, que mojo —dijo don Patricio, agitando la regadera junto a la mesa—. Ahora se puede barrer

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