aquel día.
—¿Conspirar?
—Justamente. Ellos se empeñaron en que conspirara, y conspiré. Aquí tiene usted la sabiduría de los liberales. Con su imbécil sistema de apalear a los que no piensan como ellos, van poco a poco convirtiendo en enemigos a todos los españoles. Yo, que había hecho propósito firme de no mezclarme en la política activa, ni contribuir al levantamiento de partidas, ni conspirar, salí de mi casa decidido a todo, a todo absolutamente; vine a Madrid, y mi mala suerte deparome aquí el encuentro con un amigo de mi juventud, don Matías Vinuesa, cura que fue de Tamajón, y a quien Su Majestad, en premio de los méritos que contrajo durante la guerra, hizo capellán de honor y arcediano de Tarazona.
—Ya sé a dónde va usted a parar —dijo Monsalud con benevolencia—. Vinuesa le indujo a usted a intervenir en esa descabellada conspiración que le ha llevado a la cárcel, y que probablemente le llevará también al patíbulo.
Al oír esto, el enfermo palideció y sus labios pronunciaron algunas palabras a guisa de oración.
—Puesto que todo se lo he de confesar a usted —añadió exhalando un suspiro—, diré que, en efecto, he sido confidente y amigo de don Matías Vinuesa. Obra de muchos es el célebre plan, cuyo descubrimiento ha ocasionado la prisión de ese bendito, y que, con perdón de usted, no es descabellado ni mucho menos, y nos habría conducido al glorioso objeto que anhelamos los buenos españoles, si la imprudencia, el soborno o la traición no lo hubieran descubierto. Presumo yo que alrededor del trono, donde tanto se trabaja por derrotar al gobierno y a los liberales, existen la venalidad y la corrupción más que en parte alguna, y que de los mismos que nos han incitado a conspirar, partió la infame