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nydus/El Grande OrientePublic
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XXV

—Ahora —le dijo—, desnúdate..., ¡pronto!

Nunca el agente se había parecido tanto a un gato. Arañó a su enemigo, y falto de habla, bufaba sordamente.

—Desnúdate pronto, o te aplasto, reptil. Necesito tu uniforme de miliciano.

Gil de la Cuadra miraba con estupor la singular escena.

—Necesito tu uniforme.

Monsalud tiraba de las mangas, desabrochaba los botones. En poco tiempo el morrión, los pantalones, la casaca y la espada de Regato, fueron arrojadas al rincón opuesto. Inmediatamente el joven sacó una larga cuerda, y con mucho trabajo, porque el gato se defendía rabiosamente, le ató con tal fuerza que no podía moverse. Las argollas que había en la pared de la prisión le sirvieron para sujetar al nuevo preso, que hubo de quedar adherido, clavado al muro como un murciélago.

—Señor Gil —dijo Monsalud imperiosamente—, póngase usted ese vestido de miliciano. Pronto será de noche. ¡A la calle!

Gil de la Cuadra no apartaba los ojos del triste espectáculo que tenía delante.

—Pronto... ¡el uniforme! —repitió Monsalud—. Saldrá usted ahora y le ocultaré en mi cuarto hasta que sea de noche. ¡Pronto!

Gil de la Cuadra obedeció, y en silencio empezó a vestirse.

Pausa; silencio profundo. Sintiose luego un rumor que crecía, crecía, y de rumor se trocó en mugido sordo, confusas palabras de gente, gritos, pasos, puertas que se cerraban. Sonaron varios tiros.

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